El cine británico clásico es uno de los legados más importantes de la isla de Albión a la humanidad. Entre principios de los años 30 y finales de los 60, bajo los cielos encapotados de Gran Bretaña, se rodaron algunas de las mejores películas de la historia del cine, así como otros muchos títulos entrañables que, sin ser considerados obras maestras, llenaron de encanto las pantallas o los televisores donde se proyectaron. El propósito de este blog cultural es rendir homenaje a ese maravilloso cine rodado en los estudios London Films, British-Lion, Ealing, Pinewood o Elstree, por citar solo algunos de aquellos lugares míticos, y revivir la emoción que nos transmitieron con sus interpretaciones actores y actrices tan extraordinarios como Laurence Olivier, John Mills, Alec Guinness, Peter Sellers, Dirk Bogarde, Margaret Rutherford, Stanley Holloway, Kay Kendall o Kenneth More. Todos ellos, y otros muchos, desfilarán por estas páginas conmemorativas como estrellas invitadas al son de los acordes de Georges Auric, Richard Addinsell o William Walton. La tetera ya está hirviendo. Se van apagando las luces mientras se enciende el proyector de los recuerdos. Es hora de celebrar un breve encuentro con el cine británico de siempre. Celuloide a las 5 en punto. Of course!
Su nombre es Holly Martins,
escribe novelas del oeste y ha llegado a Viena para encontrarse con su viejo
amigo Harry Lime. Lo que parecía el inicio de una prometedora colaboración se
queda en agua de borrajas, ya que el bueno de Harry no solo acaba de morir
atropellado por un coche en extrañas circunstancias, sino que hay indicios de
que era un verdadero canalla sin escrúpulos. Este es el punto de partida de “El
tercer hombre (The Third Man, 1949)”, la gran obra maestra de Carol Reed, filmada
a partir de la extraordinaria novela corta de Graham Greene, que también
escribió el guion.
Joseph Cotten interpreta con su
sobriedad habitual al desencantado protagonista, el autor de westerns baratos
como “El jinete solitario de Santa Fe” que se encuentra solo y sin recursos en
la inquietante Viena de postguerra, ciudad dividida por aquel entonces en
cuatro sectores controlados por las fuerzas de ocupación aliada. Pero no es el
único desamparado en la antigua capital del vals. También hay una actriz de
comedias teatrales, Anna Schmidt (encarnada por la italiana Alida Valli), refugiada
checa y ex novia de su difunto amigo, por la que Martins empieza a sentir un interés
no correspondido. Después de todo, Anna es la única persona en aquella ciudad
medio derruida que también sintió algo especial por Harry Lime.
“Nunca llegué a conocer la alegre Viena de antes de la guerra con su
música de Strauss, su encanto y su mágico hechizo”.
Quien no siente nada en absoluto
por el fallecido, a no ser desprecio, es el mayor Calloway (Trevor Howard),
quien se ha empeñado en utilizar al recién llegado para tenderle una trampa a
Lime, a quien acusa de ser un extorsionista de primera, capaz de adulterar
medicamentos para obtener fines lucrativos. Para colmo de males, están los
“amigos de Harry”, una caterva de personajes a cual más siniestro que,
curiosamente, fueron todos testigos del fatal accidente. Por no olvidar al
portero del edificio que vio todo lo que ocurrió y le habla al escritor de un
“tercer hombre” que ayudó a trasladar el cuerpo sin vida de Lime. ¿A quién
creer en una situación semejante? ¿Tiene algún sentido seguir investigando o
tendrá razón Anna Schmidt cuando dice que “las personas no cambian porque uno
averigüe más cosas sobre ellas”?
Solo falta el malvado de la
función, el frío estraperlista del mercado negro que, tras fingir su propia
muerte, se pasea a lo largo de toda la película riéndose de la incredulidad y
torpeza de su viejo compañero de clase. Estamos hablando del propio Harry Lime,
al que da vida el genial Orson Welles, un cínico mayúsculo que vive encerrado
entre las ruinas del Sector Ruso de Viena para escapar a sus tenaces perseguidores
y justifica sus crímenes ante su descreído amigo valiéndose de metáforas con
relojes de cuco.
Como todas las obras de arte,
“El tercer hombre” ofrece un caudal inagotable al espectador que tiene el
privilegio de contemplar sus fotogramas. A unos les fascinará la magnífica
fotografía en blanco y negro, con inclinación de cámara añadida, que Carol Reed
emplea para retratar los claroscuros de una Viena en la que el azul del Danubio
se ha desteñido por los efectos devastadores de la guerra, mientras que otros
tararearán hipnóticamente la banda sonora de Anton Karas, en la que se hace un
uso atmosférico de la cítara. En cualquier caso, todos se verán
irresistiblemente atraídos hacia el magnetismo de este clásico del cine
británico rodado con mano maestra por Sir Carol Reed para London Films.
Un puñado de rostros estelares adorna los títulos de
crédito que introducen la proyección de Hotel
Internacional (The V.I.P.s),
película estrenada en 1963 y que cuenta con el protagonismo de la pareja de
moda por aquel entonces, Richard Burton y Elizabeth Taylor. Los demás comparsas
de la función dirigida por Anthony Asquith no acaparan los titulares de la
prensa de la época con tanto fervor como “Marco Antonio y Cleopatra”, que aquí
parecen recrear una variación de su propia historia sentimental como el
matrimonio Andros, pero figuran entre lo más granado de la profesión: Louis
Jourdan, el sempiterno galán francés que tan mortalmente se aburría como el heredero
millonario de Gigi y que, esta vez, representa
a un gigolo cuarentón que se enamora por primera vez en su vida; Rod Taylor, el
actor australiano de maneras campechanas que tuvo el tiempo en sus manos y que,
en la película que nos ocupa, metido en la piel de Les Mangrum, un honesto fabricante
de tractores, debe luchar contrarreloj para no quedarse en la bancarrota tras
firmar un cheque sin fondos; la siempre espléndida Maggie Smith, como fiel
secretaria del anterior, mucho antes de asomarse a la oscarizada habitación con
vistas que le reservó James Ivory; la entrañable Margaret Rutherford, que se
quita por unos momentos el traje de Miss Marple para interpretar a una aristócrata
empobrecida y deliciosamente distraída; y, last
but not least, el gran Orson Welles en el papel de director de cine en
apuros con el fisco británico que debe pactar un matrimonio de conveniencia con
Gloria Gritti, una maggiorata
italiana encarnada por Elsa Martinelli un año después de haberse marcado un
Madison al son de Henry Mancini con los elefantitos de Hatari.
Por suerte o por desgracia, los planes concebidos
por cada uno de estos personajes no habían contado con la emergencia de un
elemento que actúa como fuerza mayor de la trama ideada por el dramaturgo
Terence Rattigan: la niebla londinense. Varados en la sala de espera VIP del
aeropuerto de Londres, y atendidos por el “mejor jefe de recepción que existe”,
Sanders (genial caracterización de Richard Wattis, ese simpático actor con
gafas que anteriormente nos había deleitado como el agregado a la embajada británica
que se desvive por cumplir los caprichos del gran duque Laurence Olivier en El príncipe y la corista, también basada
en una historia de Terence Rattigan), los personajes comienzan a sufrir los
efectos que ejercen los contratiempos sobre la vida programada. Y es que la
densa niebla que deja en tierra los vuelos que debían despegar según el horario
previsto no se contenta con quedarse fuera de las instalaciones de este
aeropuerto de decorado y cortar las alas a los pasajeros, VIP o no VIP, sino que
penetra en la propia esencia de los personajes para volverlos del revés. En el
caso del triángulo amoroso formado por Richard Burton-Liz Taylor-Louis Jourdan,
la bruma les obliga a analizar detenidamente sus emociones y sentimientos, que
parecen difuminarse o sufrir mutaciones imprevistas ante la tensión de la
espera y las sorprendentes revelaciones resultantes. El archimillonario Burton-Paul
Andros afirma estar enamorado de su esposa Frances, pero no es capaz de elegir personalmente
el suntuoso regalo de despedida que le hace cada vez que ella se ausenta, tarea
que delega en un ex comandante a quien ha convertido en su mano derecha (Dennis
Price). Sin embargo, esta vez es Frances-Elizabeth Taylor quien le hará a
Burton un regalo inolvidable con motivo del viaje que se dispone a emprender
hacia el sol de Jamaica: una carta en la que le confiesa que se fuga con otro
hombre. Para humillación del magnate, el “otro” es un viejo conocido suyo, Marc
Champselle (Jourdan), famoso playboy a quien considera un “bufón, un invitado profesional, el consabido parásito” y por el que
siente absoluto desprecio. Pero la niebla de Heathrow despierta en Marc-Jourdan
un sentimiento que nunca antes había conocido, muy diferente a los
superficiales devaneos que le brindaban sus rentables flirteos con condesas
europeas en el suave clima de la Costa Azul, y no está dispuesto a renunciar a
Frances ni siquiera ante la tentación de un generoso cheque ofrecido por el
marido ultrajado. A partir de este momento, la tensión argumental irá in crescendo, al igual que la banda
sonora de Miklos Rosza, que discurre en su habitual nota romántica con toques
de cóctel para la ocasión, y los personajes anclados a la húmeda tierra inglesa
cambian la sala de este aeropuerto, recreado en los estudios ingleses de la MGM
en Borehamwood, por la comodidad de un hotel donde pasarán definitivamente la
noche.
Ni que decir tiene que, como en toda película coral
que se precie, y a imitación de la propia vida, las peripecias de este sexteto
de personajes se entrelazarán para enriquecer el argumento y ayudar a
desbloquearlo del paralizante abrazo neblinoso. El director de cine Max Buda (un
Welles actuando en registros exageradamente caricaturescos) alquila la mansión
de la duquesa de Brighton para rodar su próxima producción, María Estuardo, evitando así que la
anciana tenga que desplazarse a Florida para actuar como ayudante de relaciones
públicas en un hotel, el único medio que la venerable anciana ha encontrado
para sacar a flote su castillo ancestral. Por su parte, la eficiente secretaria
Miss Mead logra que, en un momento de desesperación, y mientras le sorprende
escribiendo una carta de suicidio en la writing
room del aeropuerto, el millonario Andros escriba otro cheque que, a su
vez, servirá de salvavidas a su jefe, de quien está visiblemente enamorada.
Este atractivo y sofisticado melodrama, rodado en
deslumbrante Metrocolor y formato Panavisión por el londinense Anthony Asquith,
experto adaptador a la gran pantalla de obras maestras del teatro en lengua
inglesa como Pigmalión (1938), La versión Browning (1951) o La importancia de llamarse Ernesto
(1952), se deja ver con agrado más de medio siglo después de su estreno. Tal
vez el secreto de su éxito estribe en que, al igual que ocurre con los
personajes encarnados por Richard Burton y Rod Taylor, dedicados a amasar
dinero y a manufacturar tecnología en movimiento, respectivamente, y a quienes
lo único que al final consigue salvar de la ruina es precisamente el factor
humano, las imágenes en movimiento de Hotel
Internacional están impregnadas de este infalible bálsamo desde la primera
escena hasta la última. Un año después, el director firmaría su última
película, El Rolls Royce amarillo,
también una magnífica película coral que recreaba en brillante colorido de la
Metro un popurrí de pasiones, amoríos, lealtades y traiciones. Pero esa ya es
otra historia…
¿Qué hace un mayordomo vestido
pulcramente de etiqueta en una playa de los Mares del Sur? ¿Y qué hacía, pocos
minutos antes, ataviado con un llamativo traje de plumas y a punto de contraer
matrimonio con una joven heredera? Para contestar a estas preguntas, tenemos
que retroceder en el tiempo hasta 1905 y situarnos en la elegante mansión de
Lord Loam, un aristócrata inglés que sostiene que todos los hombres son iguales
y, para probarlo, organiza una recepción donde presenta a la servidumbre a sus
escandalizados homólogos. Pero los miembros de la alta sociedad londinense no
son los únicos ultrajados ante semejante confraternización. El eficiente
mayordomo Crichton, sobre quien recae el peso de mantener el buen
funcionamiento de la casa, también se siente horrorizado ante las extravagantes
ideas de su patrón. Y es que Crichton (al que da vida el simpático Kenneth More,
uno de los actores británicos más populares de los años 50), hijo de un
mayordomo y de una doncella, no concibe una situación profesional más afortunada
que “poder servir en unarrogante hogar ingles de alta alcurnia
donde cada cual sepa el sitio que le corresponde” y se muestra todavía más
clasista que sus superiores.
Cecil Parker
El experimento social de Lord Henry
Loam (interpretado por Cecil Parker) se ve cortado de raíz al recibir la
llamada de la policía, indicándole que una de sus hijas ha sido detenida por
participar en una protesta sufragista. Para mitigar el escándalo, el omnisciente
mayordomo propone una larga travesía en barco que, lejos de solucionar el
problema, acabará por cambiar drásticamente la vida de todos los implicados.
Estas son las premisas de El admirable
Crichton, estupenda sátira dirigida por Lewis Gilbert en 1957 a partir de
la obra homónima de J.M. Barrie, el famoso autor de Peter Pan. Ni que decir tiene que el barco donde navega la familia
Foam, los dos pretendientes de las hijas menores, el mayordomo Crichton y la
“marmitona” Tweeny, una cockney de
lenguaje vulgar y corazón de oro empleada en la cocina, naufragará a causa de
una tormenta. Tras conseguir arribar a una isla desierta, el sistema jerárquico
establecido en Inglaterra se verá profundamente alterado. En un hábitat salvaje
donde solo uno de los náufragos (¿adivinan quién?) es capaz de hacer fuego,
encontrar comida y dar cobijo a los demás, solo es cuestión de tiempo el que
termine por convertirse en el líder del grupo.
Esto es precisamente lo que le
ocurre al discreto Crichton, a quien tras desdeñar inicialmente en un arrebato de
orgullo aristocrático, los náufragos de clase alta, acostumbrados a que se les
entregue todo en bandeja de plata, pronto empiezan a llamar el Gobernador (o coloquialmente,
el Gober). Pero el ex mayordomo no es
vengativo con quienes trataron de humillarle cuando les exigió que colaborasen
al bien general de la isla ni se dedica a ejercer su autoridad de modo altivo,
sino que consigue transformar a unos seres inútiles, arrogantes y despóticos en
mejores personas, capaces de ganarse el sustento con su trabajo en equipo.
Hasta la soberbia hija mayor, Lady Mary (Sally Ann Howes), se metamorfosea en
una entusiasta Diana cazadora y ve materializado su deseo de entablar una
relación sentimental con Crichton, proyecto impensable en su calidad anterior
de sirviente de la familia.
Sally Ann Howes
La isla deviene así el patio de
recreo de unos personajes que, tras pasar tres años de aislamiento de la
sociedad, no tienen ninguna prisa por regresar a la “civilización”. Una especie
de “Isla de Nunca Jamás” (al fin y al cabo, se trata de una obra de Barrie) en
la que no les falta de nada (si acaso, un paseo nocturno por Piccadilly Circus
o por el Embankment iluminado, como confiesa uno de los personajes), se sienten
totalmente realizados con una vida sencilla y donde un respetado miembro del
Parlamento no tiene inconveniente en limpiar los aposentos del Gobernador (su
antiguo mayordomo) ni en ayudar a pelar patatas a Eliza (encarnada por la
actriz australiana Diane Cilento), la antigua pinche de cocina. Nadie como los
ingleses para reírse con elegancia de sus propias excentricidades, y valga como
muestra esta brillante farsa rodada en los Shepperton Studios y en escenarios
naturales de las Bermudas.
Música a las 5 en punto
Humor a las 5 en punto
–¿Qué hace usted aquí, Crichton? Debería ir en el bote de la
servidumbre.
Hay
películas antibelicistas que no lo parecen a priori y que, en lugar de
comunicar su mensaje pacifista de un modo que no admite concesiones a la
sensibilidad del espectador, lo hacen de manera sumamente grata, en agradable
clave de comedia, aunque no por ello menos efectiva. La americanización de Emily, película dirigida por Arthur Hiller en
1964, es uno de estos títulos. Se trata de una adaptación de la novela homónima
de William Bradford Huie y está ambientada en el Londres de 1944, durante los
días previos al Desembarco de Normandía.
El
personaje protagonista de la película es Charlie Madison (magnífico James
Garner, en un papel ofrecido inicialmente a William Holden), un pragmático dog-robber (robaperros, en español), como se denomina en jerga castrense a los
ayudantes personales de militares de alto rango, que desempeña sus funciones a
las órdenes del almirante Jessup (Melvyn Douglas) con la misma eficacia con que
lo hacía en el hotel donde trabajaba en la vida civil. Y es que el robaperros Madison se encarga
primorosamente de supervisar que tanto su almirante como los jerarcas de
quienes se rodea estén agasajados permanentemente tanto en lo que respecta a
comida y bebida como a compañía femenina. Es una faceta nada heroica ni
distinguida del conflicto bélico, pero el bueno de Charlie-Garner, que se
autodefine como “un cobarde practicante”, prefiere esta situación a combatir en
las playas del Pacífico, infierno tropical del que le sacó su querido
almirante. Así las cosas, entra en escena Emily Burnham (la siempre fantástica Julie
Andrews, en un papel que le ajusta como un guante), una reservada conductora
británica del parque automovilístico local quien, tras una negativa inicial,
acaba cediendo a la invitación de Charlie para acudir a una fiesta privada
“solo para cenar y jugar al bridge” con el anciano almirante Jessup.
Ni que
decir tiene que Emily y Charlie, siendo diametralmente opuestos en su manera de
ver la vida, acabarán sintiéndose atraídos el uno por el otro. Emily es una
viuda de guerra (apenas conoció a su marido, ya que éste fue movilizado 3 días
después de la boda) que, tras haber dedicado un tiempo a servir como enfermera,
prefiere hacer de chófer de los oficiales norteamericanos recién desembarcados
en Hendon. Su aparente frialdad no es más que un caparazón para no sufrir más
embates de esa guerra que también se ha cobrado las vidas de su padre, militar
condecorado en la I Guerra Mundial, y de su hermano. Le repugna la acumulación
de víveres que se amontona en la habitación de Charlie, a la que sus compañeros
llaman “la tienda mejor surtida de la marina”, frente al duro racionamiento al
que se ve sometida la población británica, y rechaza las chocolatinas que su
amigo estadounidense le ofrece como obsequio. La joven está decidida a no
dejarse “americanizar” bajo ningún concepto. Madison, por su parte, es alguien
que vive la vida sin preocuparse del honor o la verdad, que no encuentra nada
digno en la guerra, a quien le repele el heroísmo y que sostiene que “si
hubiera más cobardes, no se llegaría a combatir nunca”.
Sin
embargo, la irónica intervención del destino hará que Charlie sea seleccionado
para convertirse en el primer soldado (de la Marina) que pise la famosa Playa
de Omaha, y lo hará obligado por un almirante cuyas neuronas acaban de sufrir
un colapso y por su amigo, el teniente Paul Cummings (interpretado por un James
Coburn convenientemente desmedido). Lo hará cámara en mano, como corresponsal
de guerra, con resultados sorprendentes para quienes lo conocen de cerca y para
ese espectador que le mira con simpática comprensión desde su butaca. Como el
propio Madison afirma jocosamente en esta película que ironiza sobre el
absurdo de los conflictos bélicos organizados entre seres humanos: “Paren la guerra. Quiero bajarme”.
Música a las 5 en punto
La banda
sonora de La americanización de Emily
corrió a cargo del extraordinario Johnny Mandel, quien compuso el tema
principal “Emily”, con letra de Johnny Mercer, que nos deleita con unas
armonías vocales típicas de la época y equiparables al mejor Henry Mancini.
Celuloide a las 5 en punto quiere sumarse con este artículo a los homenajes que el mundo de la cultura internacional rinde al gran Stanley Donen tras su fallecimiento. Aunque estadounidense, Donen está muy ligado a la cinematografía británica, ya que algunas de sus mejores películas, como Indiscreta, Página en blanco, Volverás a mí o Arabesco, fueron rodadas en el Reino Unido.
So long, Mr. Donen
Querido Mr. Donen (Stanley, para los amigos):
No sé si se trata de una charada o un arabesco de esos que tan bien sabías entretejer, pero dicen los medios de comunicación que has dejado de existir a la increíble edad de 94 años. Y yo que pensaba que tenías muchos menos, exactamente la misma edad que tienen tus eternas películas, las que hiciste en el viejo y querido Hollywood. Te has ido sin que te pudiera dar las gracias por todo lo que nos has dado, y ahora estarás tan ricamente en ese paraíso en tecnicolor, donde siempre hace buen tiempo, al que tu compañero de danzas y andanzas Gene Kelly ya se marchó hace bastantes años. Te habrás ido físicamente de este planeta, pero no has dejado una página en blanco en nuestra vida.
Muy al contrario, la has pintado de color, baile e ilusión a partes iguales. El amor es mejor que nunca gracias a tus películas y lo sentimos profundamente en nuestro corazón, tanto que hasta podríamos estar un buen rato cantando bajo la lluvia. Dicen que naciste en Carolina del Sur, pero yo siempre te he considerado tan europeo como cualquiera de nosotros, y los escenarios londinenses o parisinos de tus películas me parecen el trasfondo vital que realmente mereces. ¿No dicen que nacemos en un sitio y vamos naciendo en otros, más parecidos a lo que somos, a lo largo de nuestra vida?
Alcanzaste la cumbre de la comedia sofisticada con Audrey y Cary, a quienes hiciste repeler cerillas encendidas, ducharse vestidos y pasearse muy acaramelados en bateau mouche al compás de aquellos acordes tan pegadizos del también querido Henry Mancini. ¿Y qué me dices de Ingrid y Cary en Indiscreta, el delicioso romance entre la actriz de teatro y el alto funcionario de la OTAN que finge estar casado para complicar el argumento? ¿Alguna vez ha parecido Londres más chic que en aquella comedia teatral de 1958 donde el impecable Cary Grant se marcaba una jiga escocesa con su desparpajo habitual?
Por no hablar de Cary y Deborah Kerr en Página en blanco, la maravillosa sátira matrimonial con la que nos deleitaste en 1960. Y tuyo es el mérito de haber conseguido que a Yul Brynner le luciera el pelo como estupendo intérprete de comedia sesentera en dos títulos inolvidables: Volverás a mí (ayudado por la simpar Kay Kendall) y Una rubia para un gángster. Por otra parte, hay que reconocer que el Swinging London nunca tuvo mejor banda sonora que cuando Gregory Peck se reunió para la posteridad con Sophia Loren en Arabesco, allá por 1966. ¡Menudo cóctel irresistible preparaste con tu amigo Mancini!
Y es que, querido Stanley, no sabes lo bien que se está viendo tus películas, la felicidad que nos produce habitar durante unas horas en esos decorados de musical, comedia o suspense que construiste en estado de gracia. La granja de los siete hermanos que buscaban siete novias para arrullarlas con acarameladas canciones durante el crudo invierno parece nuestra propia casa. Y ese París de los existencialistas que inmortalizaste con tanto cariño en Una cara con ángel nos resulta tan familiar como si hubiésemos vivido en él. Hasta pasamos contigo un día en Nueva York sin necesidad de cruzar el Atlántico. ¡Qué buenos recuerdos nos has dejado a tu paso por este planeta!
Lo malo es cuando se termina la proyección, y hay que volver a la realidad, esa realidad que nos ha revelado sin preguntarlo tu verdadera edad, la que no queríamos saber los que te apreciamos de verdad, porque no refleja lo que eres y siempre has sido: un buen amigo de los soñadores de cualquier nacionalidad.
P.D.: Ahora que estás otra vez junto a Audrey, Deborah e Ingrid, bésalas por mí. Y da un abrazo muy fuerte a Gene, Fred y Cary. Seguro que ya estáis preparando vuestra próxima producción allá arriba. Tenéis los decorados perfectos y una coreografía angelical. Pero que no se entere la MGM, que ya sabes que afirmaba tener más estrellas que en el cielo…
Hay películas que, más que por sus
méritos cinematográficos, se recuerdan por su anécdota esencial, por los
valores que sus artífices han querido transmitir al público. La maravillosa aventura de Ernest Bliss es
uno de estos casos, que se dan con bastante frecuencia en la historia del cine.
La película fue dirigida en 1936 para Empire Films por el anodino Alfred
Zeisler, director de origen alemán nacido en Chicago, y toma como base
argumental la novela homónima de E. Phillips Oppenheim (1866-1946), novelista
británico famoso especialmente por sus obras de intriga, como Nick de Nueva York o La novela de un agente secreto. El personaje
protagonista de la historia, que en su versión española fue editada con el
título Una apuesta original, no es
otro que Ernest Bliss, un joven londinense adinerado (interpretado por un Cary
Grant de 32 años) que se decide a consultar a un respetable médico de Harley
Street, el doctor Sir James Alroyd, para averiguar si éste es capaz de darle
una solución clínica a la abulia que padece. El facultativo, ni corto ni
perezoso, le recomienda ponerse a trabajar y dejar de lado la vida de crápula que
ha llevado hasta el momento.
Picado por el escepticismo de
Alroyd, Ernest apuesta 50.000 libras (justo la cantidad que necesita el buen
doctor para poner en marcha un hospital dedicado a los menos favorecidos en la
zona del East End) a que es capaz de subsistir durante un año sin necesidad de
recurrir a su abultada fortuna y en posesión de tan solo 5 libras. El guion a
cargo de John L. Balderston y del propio Oppenheim nos muestra, en poco más de
una hora de metraje, los esfuerzos del heredero Bliss por abrirse camino como
vendedor de cocinas a domicilio y conductor de taxi en una Inglaterra afectada
de lleno por la crisis del 29. Por el camino, nuestro (anti)héroe conocerá a la
mujer de su vida, Frances (encarnada por la actriz norteamericana Mary Brian, una
cara conocida en el cine mudo), quien trabaja como secretaria para el señor Masters,
el fabricante de las cocinas “Alfa” que Ernest trata de comercializar, y a la
que se verá obligado a ocultar la verdad sobre los millones que posee.
Pero lo que distingue a la
película, fuera de sus muy discretos méritos técnicos, es su trama casi propia
de un film de Frank Capra. Como si se tratase de una fábula navideña, el
personaje protagonista, apellidado Bliss (dicha,
en inglés), empieza a recobrar la vitalidad cada vez que “trae la dicha” a sus
semejantes. La curación de Ernest pasa por ayudar económicamente a viejos
amigos de su anterior etapa como juerguista del West End, encargarse de que no
le falta de nada a la anciana propietaria de la pensión donde habitó sin pagar
un penique hasta ganar su primer sueldo o convertir al inventor de cocinas que
se encontraba al borde de la quiebra en empresario de éxito gracias a la
organización de un comedor social. Incluso le sobrará tiempo para desenmascarar
al corrupto encargado de un negocio de taxis y vérselas con una banda de
malhechores que habían alquilado su casa, aprovechando un momento de debilidad
de su fiel mayordomo. Y es que nada parece imposible para el nuevo Ernest Bliss.
Idealismo
a las 5 en punto
“He
aprendido una lección de algunas de las personas que he encontrado a lo largo
de los últimos doce meses. A partir de ahora, intentaré hacer obras meritorias
en beneficio de los desheredados de la fortuna”.
La primavera en Park Lane, vista desde el prisma del cine británico made in 1948, no puede ser más optimista. Para empezar, tenemos a un apuesto criado llamado Richard que sabe tocar el piano, es capaz de distinguir perfectamente una composición de música clásica de otra, entiende de pintura, habla francés con fluidez y pronuncia un inglés impecable. Por si esto fuera poco, también tiene su punto de insolencia. Luego está Judy, la atractiva secretaria-sobrina del propietario de la mansión, quien, tras un encontronazo inicial con el lacayo respondón, se sorprende a sí misma interesándose cada vez más por él.
Para complicar las cosas, también hay un enredo a cuenta de una pintura original que acaba resultando una falsificación, un aristócrata en paradero desconocido y dos pretendientes a cual más pesado: un vanidoso actor de cine y un aburrido marqués de alta alcurnia. ¿Pero es Richard realmente lo que dice ser? ¿Por qué le trata con tanto respeto Perkins, el estirado mayordomo de la casa? ¿Dónde ha adquirido esos modales de clase alta?
Estas son las bases argumentales de Spring in Park Lane (1948), tercero de los títulos rodados por la pareja cinematográfica integrada por Anna Neagle y Michael Wilding, y probablemente el más logrado de todos. Y es que Spring in Park Lane, basada parcialmente en una historia de Alice Duer Miller, reúne todos los ingredientes que caracterizaban a la comedia inglesa musical de la época, como coloridos escenarios de la alta sociedad londinense, una trama jovial de románticos malentendidos, personajes entrañables y pegadizas canciones a cargo del compositor Robert Farnon, como Early one morning y The moment I saw you.
Los diálogos y situaciones que protagonizan Judy y Richard brillan por su simpatía, al igual que las actuaciones de secundarios como Tom Walls en el papel del tío Joshua Howard, comerciante de diamantes y dueño de la opulenta casa de Park Lane donde se desarrolla la acción. Tampoco falta en el alegre conjunto una cuidada coreografía, diseñada por Philip y Betty Buchel, que incluye una escena de baile de inspiración onírica y un enérgico número de jitterbug.
No resulta difícil entender por qué, para el público inglés de la postguerra, películas como Spring in Park Lane, dirigida y producida por Herbert Wilcox, fueron como un bálsamo de entusiasmo que recreaba un mundo de gentes guapas y adineradas, vestidas con la elegancia propia de una Inglaterra casi hollywoodiense, que jugaban a flirtear y enamorarse entre lujosas galerías de cuadros e invernaderos privados. El éxito de este film dio origen a una nueva entrega, Maytime in Mayfair, rodada al año siguiente por el mismo equipo, aunque esta vez en deslumbrante tecnicolor.
Anécdotas a las 5 en punto
A pesar de su título, y con el fin de que el estreno coincidiera con la llegada de la primavera, gran parte de las escenas de la película se rodaron durante el mes de noviembre en los estudios MGM de Elstree.
¿Qué puede
haber más emocionante para un actor que el hecho de que le ofrezcan interpretar
el papel más importante de toda su carrera… aunque ello le suponga poner en
peligro su vida?
Pues esto
es precisamente lo que le ocurrió a Meyrick Edward Clifton James (1898-1963),
un tranquilo oficial australiano del departamento de pagaduría del ejército
británico, además de discreto actor teatral, que se hizo pasar por el doble del
mariscal Bernard Montgomery en las semanas previas al Desembarco de Normandía. Y
por si semejante experiencia le hubiera sabido a poco, la repitió para la
posteridad en la apasionante película a la que dedicamos estas líneas, donde se
interpreta a sí mismo.
Clifton James, artífice y protagonista de la historia
Yo
fui el doble de Montgomery (I was Monty’s Double), realizada
por John Guillermin en 1958, adapta a la pantalla el libro autobiográfico homónimo
escrito por Clifton James, y lo hace con gran convicción no solo gracias a la
presencia del propio protagonista de los hechos históricos narrados en la película,
sino también a la inclusión de un sólido reparto encabezado por John Mills y
Cecil Parker. La anécdota da comienzo cuando el mayor Harvey, al que encarna el
siempre excelente Mills, acude a un music hall londinense siguiendo el rastro
de la antigua secretaria de su jefe, con la que parecía haber estado en muy
buenos términos antes de embarcarse para su última misión. Por desgracia para los
planes de Mills, la chica está acompañada por un oficial y luce un flamante anillo
de boda en el dedo. Pero la noche no está del todo perdida, ya que, en aquel
momento, aparece sobre el escenario una figura de enorme popularidad para los
ciudadanos británicos, o al menos eso creen todos los presentes. No, no se
trata del verdadero mariscal Montgomery, el Héroe del Alamein, sino de un actor
que guarda una increíble semejanza con él. A partir de entonces, se pone en
marcha la Operación Hambone (Hueso de Jamón, así bautizada por la nueva
secretaria del coronel, interpretado por un impagable Cecil Parker), un plan
para hacer creer a los alemanes que la inminente invasión aliada se producirá
en el Norte de África, y no en las playas de Normandía.
Bajo el
pretexto de rodar una película documental para el ejército, Harvey logra que
James obtenga un permiso de una semana para someterse a unas pruebas de
fotogenia. El objetivo es muy distinto: acercar al aún receloso comediante al
hombre que va a convertirse en el objeto de su imitación, durante la
celebración de unas maniobras militares, a fin de que aquél se vaya
familiarizando con sus maneras. La sinceridad de Clifton James es conmovedora,
ya que, como él mismo reconoce, imitar la voz y los gestos de Monty es solo
cuestión de días de ensayo, pero lo más difícil es conseguir emular su personalidad, el carisma de alguien
capaz de despertar la admiración en quienes le escuchan, el porte de un hombre habituado
a mandar con confianza. Nada parece convencer al descorazonado intérprete de su
capacidad para salir airoso de la situación hasta que el mayor Harvey le concierta
una entrevista personal con el mismísimo Montgomery, el único que puede juzgar
si de verdad está a la altura del personaje.
Este
encuentro entre imitador e imitado resulta determinante para la acción del film.
El telón se alza así para Clifton James, el hombre que jugó a ser el doble de
Montgomery en el frente mediterráneo durante la primavera de 1944, mientras que
la puesta en escena sobre un guion de Bryan Forbes corre a cargo de John
Guillermin, un hábil director que en la década posterior firmaría otros títulos
emblemáticos del cine bélico como Cañones
en Batasi, Las águilas azules o El puente de Remagen. La Operation
Hambone (o Copperhead, como se denominó realmente) está servida con todos sus
ingredientes cinematográficos para esta entretenida cinta de espionaje británica
salpicada con generosas dosis de humor.
Música
a las 5 en punto
La banda
sonora de I was Monty’s Double fue
compuesta en 1958 por el veterano John Addison, de la que se puede escuchar un
extracto en el siguiente enlace:
Se
llamaba Moore, Sir Roger Moore, tenía 89 años y durante varias décadas
encandiló a los telespectadores y cinéfilos de todo el mundo con su simpatía y
encanto de British gentleman. Porque
eso es lo que principalmente fue, y lo que la pantalla que todo lo ve recogía
cuando le filmaba en Panavisión y Technicolor. Si bien es cierto que Roger
Moore no fue un intérprete de amplios registros (ni jamás lo pretendió),
siempre demostró una pasmosa facilidad para la autoparodia que le redimía de
posibles críticas. Con su maravilloso sentido del humor, solía bromear diciendo
que tenía dos posturas interpretativas: con
ceja arqueada y sin ella.
Retrato de Roger Moore, 1973, cortesía de Allan Warren
Esa
predisposición al humor le vendría de perlas para preparar su versión del
agente 007, convirtiéndose en el James Bond más afable, divertido y menos agresivo
de cuantos actores lo interpretaron. También se dijo de él que le faltaba forma
física. Y es que Moore tuvo que aguantar numerosas bromas respecto a su edad tras
su elección para encarnar al más popular agente secreto británico con licencia
para matar (tenía 46 años cuando realizó su primera aportación a la serie Bond
con Vive y deja morir en 1973) y las
chanzas no dejaron de rodearle durante el rodaje de la última, Panorama para matar, en 1985, fecha en
que aparecieron ciertas caricaturas en algunos periódicos ingleses donde se le
representaba como un anciano decrépito (en una de las viñetas, Q le enseñaba su
último artilugio: “una silla de ruedas con turbo-propulsión”). Pero Moore era
un gentlemanto the core, y como tal, no solo no se enfadaba ante semejante
despliegue de humor gráfico a su costa, sino que les supo seguir el juego con
envidiable savoir faire.
Roger
George Moore vino al mundo un 14 de octubre de 1927 en Stockwell, Londres. El
propio actor describe irónicamente dicho momento en su espléndida autobiografía,
titulada My Word is my bond:
“Fui hijo único. Como veis, mis padres
alcanzaron la perfección a la primera”.
No
sería este el único libro que escribiría el actor, ya que en 1973 se había
publicado Roger Moore's James Bond Diary,
un curioso diario sobre el atribulado rodaje de Vive y deja morir, al que se sumarían otras 2 obras en décadas
posteriores, Last man standing: Tales
from Tinseltown y Bond on Bond: The
Ultimate Book on Over 50 Years of 007, este último escrito en colaboración
con Gareth Owen, donde Moore comenta con su hilarante estilo la saga bondiana
al completo.
El
joven Roger debutó en Hollywood en un papel de galán junto a dos grandes
estrellas de la Metro, Elizabeth Taylor y Van Johnson, en La última vez que vi París (1954). Había firmado un contrato de 5
años con la mítica productora, pero éste no cristalizó en un futuro brillante
para el actor, que solo aparecería en papeles discretos en títulos como El ladrón del rey (The King’s Thief, 1955),
Melodía ininterrumpida (Interrupted Melody, 1955) o Astucias de mujer (Diane, 1956). Poco después se convertiría en el oficial de la RAF que
enamora a la doctora Angie Dickinson en el melodrama africano Misión en la jungla (The sins of Rachel Cade, 1961). También se le vio en dos series
televisivas de formato western, The
Alaskans y la celebérrima Maverick,
donde encarnaba a Beau, el primo británico de Jim Maverick, entre finales de
los 50 y primeros de los 60.
Anteriormente,
había sido un Ivanhoe simpático, pero no demasiado convincente, para la pequeña
pantalla entre 1958 y 1959. Incluso marchó a Italia para probar suerte con el
peplum interpretando al mismísimo Rómulo, cofundador de Roma, en la
coproducción europea El rapto de las
sabinas (Romulus and the Sabines, 1961), pero la falda corta, las sandalias
y los decorados históricos no resultaban lo más adecuado para un actor que se
movía con mayor comodidad en ambientes contemporáneos. La oferta de la ITV para
interpretar la serie televisiva El Santo
(The Saint) en 1962, basada en los libros de Leslie Charteris, le
rescataría de su destierro romano y le daría la oportunidad dorada de crear uno
de sus personajes más célebres: el legendario Simon Templar, elegante mezcla de
ladrón de guante blanco y Robin Hood del siglo XX. Ni que decir tiene que los
escenarios cosmopolitas recreados en los coloridos estudios Elstree le sentaban
a la perfección y ya insinuaban las bases de su personaje de James Bond. La
serie se mantendría en antena hasta 1969, con enorme éxito en todo el planeta.
En
1970, Moore aceptaría trabajar junto a Tony Curtis para interpretar una serie
memorable, The Persuaders (Los
persuasores), donde encarnaría brillantemente al aristócrata Lord Brett
Sinclair. El contraste de estilos entre Moore y Curtis, uno criado en la
refinada zona de Grosvernor Square y el otro en el Bronx, dictaría el tono de
esta dinámica serie de ambiente internacional con música de John Barry que tan
solo tuvo un año de existencia. En el apartado de vestuario, Roger Moore
diseñaría su propia ropa para Los persuasores,
lo que explica que luzca algunas de las camisas y corbatas más llamativas de la
época.
Las
siete películas que rodaría a lo largo de 12 años encarnando al agente secreto
más famoso del mundo marcaron a toda una generación, la de quienes nacimos a
finales de los 60 y principios de los 70, y que recordamos con nostalgia
títulos como La espía que me amó (The spy
who loved me, 1977), Solo para tus
ojos (For your eyes only, 1980) o Moonraker
(1979), sin olvidar El hombre de la
pistola de oro (The man with the golden gun, 1974). Ya habíamos sucumbido
al encanto del James Bond de Connery, y tampoco nos había defraudado tanto como
apuntaban los críticos el australiano George Lazenby, quien realizó un trabajo
nada desdeñable en Al servicio secreto de
Su Majestad, pero el 007 de Moore era coetáneo nuestro, y tal vez por eso lo
vivimos con algo más de cercanía. Convencido de que era imposible superar el
precedente establecido por Sean Connery, Moore decidió enfocar su James Bond
desde el lado más galante y humorístico, lo que en la lengua de Shakespeare se
conoce como tongue in cheek. Con su
perfecto Queen’s English, su atildado
atuendo, sus refinados modales y una réplica siempre a tono con la situación, el
actor londinense ofreció una entrañable caracterización del personaje creado
por Ian Fleming, en la que las armas de las que servía no eran de fuego, sino un
combinado infalible de elegancia, fino humor y seducción.
Fue el actor que sostuvo
el cargo de 007 durante más tiempo, llegando a conocer profundamente a su
personaje. No es de extrañar que el propio Moore afirmara al respecto: “Cuando interpretas durante tantos años un
papel, sabes cómo va a reaccionar, lo que va a decir, lo que piensa”. El
actor quiso abandonar el personaje tras rodar Octopussy en 1983 (tenía por entonces 56 años), pero los productores
de la serie le convencieron para cerrar el ciclo con la ya citada A view to a kill, dos años después.
Fuera
del territorio bondiano, Moore también intervino en películas de indudable
interés, como la comedia That lucky touch
(Un toque de suerte, 1975), rodada en
Bruselas junto a Susannah York, con quien había coincidido en la anodina Oro (Gold),
el thriller sofisticado Crossplot
(1969), la estupenda TV movie Sherlock
Holmes en Nueva York (1976), donde se enfrentaba a un Profesor Moriarty
encarnado por John Huston, o la aventura bélica Evasión en Atenea (Escape to
Athena, 1979), en la que encarnaba a un oficial alemán aficionado a la
arqueología que demuestra una especial simpatía por los prisioneros aliados a
su cargo, entre ellos el también arqueólogo David Niven. Completaban el reparto
Elliot Gould, Telly Savalas y Stephanie Powers, mientras que los escenarios de
la isla griega de Creta hacían las veces de la ficticia Atenea. Ese mismo año también
disfrutó interpretando un personaje muy alejado de su registro afable y dandy, el excéntrico experto en
submarinismo Rufus Excalibur ffolkes en Rescate
en el mar del Norte (North Sea Hijack, 1979), acompañando a James Mason y
Anthony Perkins en una aventura de acción por tierras (o mejor dicho, aguas)
escocesas. En 1980 quiso subirse al barco de viejas glorias que el director
Andrew V. McLaglen (con quien coincidió en otras 2 ocasiones) fletó bajo el
título de Lobos marinos (The Sea Wolves),
compartiendo cartel con su amigo David Niven, Trevor Howard y Gregory Peck,
entre otros ilustres veteranos. Como auténtica rareza en su filmografía, ha
quedado el thriller de suspense The man
who haunted himself (Tinieblas, 1970),
bajo la dirección de Basil Dearden, título que, en sus propias palabras, le
proporcionó la primera ocasión de su carrera en la que se le permitía “actuar”.
Además
de colaborar con la UNICEF como Embajador de Buena Voluntad desde 1991,
experiencia que definiría como “la más gratificante de su vida”, Moore dedicaría
sus inquietudes humanitarias a otros proyectos benéficos a lo largo de su carrera.
La generosidad para los menos afortunados fue otra de las cualidades que
definieron a este singular caballero británico, Sir Roger Moore, tercer 007 de
la Historia del Cine, quien salvó al mundo en 7 ocasiones (estimable record
para un hipocondríaco confeso) y nos enseñó el valor de un gesto irónico en un
semblante impertérrito pero encantador. Cuesta trabajo creer que de verdad se
ha ido para siempre, aunque ¿quién sabe? A lo mejor Sir Roger solo quería
gastarnos una de sus bromas y le tenemos de vuelta antes de que nos demos
cuenta para rodar su próxima escena junto a su amiga Lois Maxwell-Moneypenny.
Impecablemente vestido de esmoquin, of
course.