El cine británico clásico es uno de los legados más importantes de la isla de Albión a la humanidad. Entre principios de los años 30 y finales de los 60, bajo los cielos encapotados de Gran Bretaña, se rodaron algunas de las mejores películas de la historia del cine, así como otros muchos títulos entrañables que, sin ser considerados obras maestras, llenaron de encanto las pantallas o los televisores donde se proyectaron. El propósito de este blog cultural es rendir homenaje a ese maravilloso cine rodado en los estudios London Films, British-Lion, Ealing, Pinewood o Elstree, por citar solo algunos de aquellos lugares míticos, y revivir la emoción que nos transmitieron con sus interpretaciones actores y actrices tan extraordinarios como Laurence Olivier, John Mills, Alec Guinness, Peter Sellers, Dirk Bogarde, Margaret Rutherford, Stanley Holloway, Kay Kendall o Kenneth More. Todos ellos, y otros muchos, desfilarán por estas páginas conmemorativas como estrellas invitadas al son de los acordes de Georges Auric, Richard Addinsell o William Walton. La tetera ya está hirviendo. Se van apagando las luces mientras se enciende el proyector de los recuerdos. Es hora de celebrar un breve encuentro con el cine británico de siempre. Celuloide a las 5 en punto. Of course!




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martes, 3 de diciembre de 2019

The Admirable Crichton (El admirable Crichton, 1957)


¿Qué hace un mayordomo vestido pulcramente de etiqueta en una playa de los Mares del Sur? ¿Y qué hacía, pocos minutos antes, ataviado con un llamativo traje de plumas y a punto de contraer matrimonio con una joven heredera? Para contestar a estas preguntas, tenemos que retroceder en el tiempo hasta 1905 y situarnos en la elegante mansión de Lord Loam, un aristócrata inglés que sostiene que todos los hombres son iguales y, para probarlo, organiza una recepción donde presenta a la servidumbre a sus escandalizados homólogos. Pero los miembros de la alta sociedad londinense no son los únicos ultrajados ante semejante confraternización. El eficiente mayordomo Crichton, sobre quien recae el peso de mantener el buen funcionamiento de la casa, también se siente horrorizado ante las extravagantes ideas de su patrón. Y es que Crichton (al que da vida el simpático Kenneth More, uno de los actores británicos más populares de los años 50), hijo de un mayordomo y de una doncella, no concibe una situación profesional más afortunada que “poder servir en un arrogante hogar ingles de alta alcurnia donde cada cual sepa el sitio que le corresponde” y se muestra todavía más clasista que sus superiores.



Cecil Parker
El experimento social de Lord Henry Loam (interpretado por Cecil Parker) se ve cortado de raíz al recibir la llamada de la policía, indicándole que una de sus hijas ha sido detenida por participar en una protesta sufragista. Para mitigar el escándalo, el omnisciente mayordomo propone una larga travesía en barco que, lejos de solucionar el problema, acabará por cambiar drásticamente la vida de todos los implicados. Estas son las premisas de El admirable Crichton, estupenda sátira dirigida por Lewis Gilbert en 1957 a partir de la obra homónima de J.M. Barrie, el famoso autor de Peter Pan. Ni que decir tiene que el barco donde navega la familia Foam, los dos pretendientes de las hijas menores, el mayordomo Crichton y la “marmitona” Tweeny, una cockney de lenguaje vulgar y corazón de oro empleada en la cocina, naufragará a causa de una tormenta. Tras conseguir arribar a una isla desierta, el sistema jerárquico establecido en Inglaterra se verá profundamente alterado. En un hábitat salvaje donde solo uno de los náufragos (¿adivinan quién?) es capaz de hacer fuego, encontrar comida y dar cobijo a los demás, solo es cuestión de tiempo el que termine por convertirse en el líder del grupo. 
Esto es precisamente lo que le ocurre al discreto Crichton, a quien tras desdeñar inicialmente en un arrebato de orgullo aristocrático, los náufragos de clase alta, acostumbrados a que se les entregue todo en bandeja de plata, pronto empiezan a llamar el Gobernador (o coloquialmente, el Gober). Pero el ex mayordomo no es vengativo con quienes trataron de humillarle cuando les exigió que colaborasen al bien general de la isla ni se dedica a ejercer su autoridad de modo altivo, sino que consigue transformar a unos seres inútiles, arrogantes y despóticos en mejores personas, capaces de ganarse el sustento con su trabajo en equipo. Hasta la soberbia hija mayor, Lady Mary (Sally Ann Howes), se metamorfosea en una entusiasta Diana cazadora y ve materializado su deseo de entablar una relación sentimental con Crichton, proyecto impensable en su calidad anterior de sirviente de la familia.


Sally Ann Howes
La isla deviene así el patio de recreo de unos personajes que, tras pasar tres años de aislamiento de la sociedad, no tienen ninguna prisa por regresar a la “civilización”. Una especie de “Isla de Nunca Jamás” (al fin y al cabo, se trata de una obra de Barrie) en la que no les falta de nada (si acaso, un paseo nocturno por Piccadilly Circus o por el Embankment iluminado, como confiesa uno de los personajes), se sienten totalmente realizados con una vida sencilla y donde un respetado miembro del Parlamento no tiene inconveniente en limpiar los aposentos del Gobernador (su antiguo mayordomo) ni en ayudar a pelar patatas a Eliza (encarnada por la actriz australiana Diane Cilento), la antigua pinche de cocina. Nadie como los ingleses para reírse con elegancia de sus propias excentricidades, y valga como muestra esta brillante farsa rodada en los Shepperton Studios y en escenarios naturales de las Bermudas.


Música a las 5 en punto






Humor a las 5 en punto


–¿Qué hace usted aquí, Crichton? Debería ir en el bote de la servidumbre.
–¿Quiere que me vuelva a tirar al mar, milord?
–No, Crichton. No será necesario.
         

viernes, 7 de julio de 2017

I was Monty’s Double (Yo fui el doble de Montgomery, 1958)



This way, please

¿Qué puede haber más emocionante para un actor que el hecho de que le ofrezcan interpretar el papel más importante de toda su carrera… aunque ello le suponga poner en peligro su vida?

Pues esto es precisamente lo que le ocurrió a Meyrick Edward Clifton James (1898-1963), un tranquilo oficial australiano del departamento de pagaduría del ejército británico, además de discreto actor teatral, que se hizo pasar por el doble del mariscal Bernard Montgomery en las semanas previas al Desembarco de Normandía. Y por si semejante experiencia le hubiera sabido a poco, la repitió para la posteridad en la apasionante película a la que dedicamos estas líneas, donde se interpreta a sí mismo.


Clifton James, artífice y protagonista de la historia


Yo fui el doble de Montgomery (I was Monty’s Double), realizada por John Guillermin en 1958, adapta a la pantalla el libro autobiográfico homónimo escrito por Clifton James, y lo hace con gran convicción no solo gracias a la presencia del propio protagonista de los hechos históricos narrados en la película, sino también a la inclusión de un sólido reparto encabezado por John Mills y Cecil Parker. La anécdota da comienzo cuando el mayor Harvey, al que encarna el siempre excelente Mills, acude a un music hall londinense siguiendo el rastro de la antigua secretaria de su jefe, con la que parecía haber estado en muy buenos términos antes de embarcarse para su última misión. Por desgracia para los planes de Mills, la chica está acompañada por un oficial y luce un flamante anillo de boda en el dedo. Pero la noche no está del todo perdida, ya que, en aquel momento, aparece sobre el escenario una figura de enorme popularidad para los ciudadanos británicos, o al menos eso creen todos los presentes. No, no se trata del verdadero mariscal Montgomery, el Héroe del Alamein, sino de un actor que guarda una increíble semejanza con él. A partir de entonces, se pone en marcha la Operación Hambone (Hueso de Jamón, así bautizada por la nueva secretaria del coronel, interpretado por un impagable Cecil Parker), un plan para hacer creer a los alemanes que la inminente invasión aliada se producirá en el Norte de África, y no en las playas de Normandía.




Bajo el pretexto de rodar una película documental para el ejército, Harvey logra que James obtenga un permiso de una semana para someterse a unas pruebas de fotogenia. El objetivo es muy distinto: acercar al aún receloso comediante al hombre que va a convertirse en el objeto de su imitación, durante la celebración de unas maniobras militares, a fin de que aquél se vaya familiarizando con sus maneras. La sinceridad de Clifton James es conmovedora, ya que, como él mismo reconoce, imitar la voz y los gestos de Monty es solo cuestión de días de ensayo, pero lo más difícil es conseguir emular su personalidad, el carisma de alguien capaz de despertar la admiración en quienes le escuchan, el porte de un hombre habituado a mandar con confianza. Nada parece convencer al descorazonado intérprete de su capacidad para salir airoso de la situación hasta que el mayor Harvey le concierta una entrevista personal con el mismísimo Montgomery, el único que puede juzgar si de verdad está a la altura del personaje.




Este encuentro entre imitador e imitado resulta determinante para la acción del film. El telón se alza así para Clifton James, el hombre que jugó a ser el doble de Montgomery en el frente mediterráneo durante la primavera de 1944, mientras que la puesta en escena sobre un guion de Bryan Forbes corre a cargo de John Guillermin, un hábil director que en la década posterior firmaría otros títulos emblemáticos del cine bélico como Cañones en Batasi, Las águilas azules o El puente de Remagen. La Operation Hambone (o Copperhead, como se denominó realmente) está servida con todos sus ingredientes cinematográficos para esta entretenida cinta de espionaje británica salpicada con generosas dosis de humor.


Música a las 5 en punto

La banda sonora de I was Monty’s Double fue compuesta en 1958 por el veterano John Addison, de la que se puede escuchar un extracto en el siguiente enlace: 






            

martes, 16 de mayo de 2017

The Million Pound Note (El millonario, 1954)


This way, please


Henry Adams podría ser cualquiera de nosotros. Se trata de alguien que, por razones del azar, se encuentra sin blanca, y además en una ciudad extranjera. Este norteamericano de buen aspecto y ropa raída, al que presta sus facciones impasibles Gregory Peck, se convierte en el objeto de una singular apuesta entre dos estrafalarios gentlemen londinenses que le invitan a entrar en su mansión. El motivo de la apuesta no es otro que decidir si un individuo honrado, inteligente y sin medios de vida aparentes es capaz de salir adelante durante un mes, hallándose únicamente en posesión de un insólito billete de banco por valor de 1 millón de libras esterlinas.






Así las cosas, Adams tendrá que valerse de todo su ingenio para convencer a comerciantes, hoteleros, sastres de Saville Row y propietarios de restaurantes de que “no dispone de billetes más pequeños”, al tiempo que se convierte de la noche a la mañana en la sensación de Londres, es tomado por un millonario excéntrico al que gusta vestir trajes trasnochados y pasa a erigirse en invitado de honor de las fiestas de la alta sociedad y en todo un referente para los especuladores de la Bolsa. Pero ahí no acaban sus peripecias. Al bueno de Henry incluso le queda tiempo para conocer a la joven aristócrata Portia Lansdowne (interpretada por Jane Griffiths, estupenda actriz de corta carrera nacida en Sussex en 1929), que se convertirá en la mujer de su vida.





Esta deliciosa sátira, basada en el relato corto de Mark Twain “El billete de un millón de libras”, publicado en 1893, supone la película número veintiuno de Gregory Peck y la primera de las dos que rodaría en Gran Bretaña en el año 1954 (la siguiente sería el drama bélico The Purple Plain). El ágil guion de Jill Craigie conserva los fundamentos del formidable cuento de Mark Twain y los enriquece para la ocasión añadiendo nuevas situaciones y personajes, como la duquesa de Cromarty-tía de Portia, el levantador de pesas Rock, que hace las veces de guardaespaldas del vagabundo millonario (interpretado por el simpático Reginald Beckwith) o el travieso duque de Frognal, al que encarna con estilo el característico A. E. Matthews.






¿Un préstamo que muchos aceptarían sin pensarlo? ¿Una misión imposible? A lo largo de hora y media, el director Ronald Neame, responsable de otra de las mejores comedias del cine británico, Un genio anda suelto (The Horse’s Mouth), nos lleva magistralmente de la mano en un divertido recorrido por las calles de Londres en el transcurso del cual se nos acelera el pulso cada vez que el billete de marras sale volando a causa de una ráfaga de viento o desaparece misteriosamente de su escondite en el hotel donde reside Henry Adams. Mark Twain no guardaba una opinión demasiado optimista de sus congéneres, que en El Millonario solo parecen actuar movidos por la promesa de una compensación económica y, ante la menor duda de su cumplimiento, retiran todo su apoyo al millonario desarrapado. No hay que olvidar que la película está ambientada “Once upon a time, when Britain was very rich (Erase una vez, cuando Gran Bretaña era muy rica)”, frase con la que da comienzo y que sirve como contrapunto irónico a su personaje central, alguien que ni es inglés ni posee un solo penique a su nombre. Afortunadamente, el escepticismo sobre la condición humana no afecta a todos los personajes de la función, ya que la fuerza del amor acaba triunfando tanto en el relato como en la película, compensando así los sinsabores de la codicia o del rechazo social. 
Al atractivo de este memorable film producido por John Bryan para The Rank Organization también contribuyen las entrañables composiciones de Wilfrid Hyde-White y Ronald Squire como los dos caballeros apostadores o la fotografía en Technicolor de Geoffrey Unsworth, así como la brillante partitura de William Alwyn, de la que ofrecemos un extracto más abajo.

   
Música a las 5 en punto

Dirigida por Muir Mathieson y compuesta por el genial William Alwyn, autor de bandas sonoras de películas tan conocidas como El temible burlón (The Crimson Pirate) y numerosas piezas de música clásica (entre ellas, la espléndida Lyra Angelica), este elegante vals sirve de alegre introducción a The Million Pound Note (titulada Man with a Million en EE.UU).






Humor a las 5 en punto


 “Amigo, no debería juzgar siempre a un desconocido por las ropas que lleva puestas. Puedo pagar sin problema el precio de este traje. Simplemente no deseaba causarle la molestia de tener que cambiar un billete tan grande”.


Mark Twain, The Million Pound Bank Note


viernes, 10 de febrero de 2017

Upstairs and Downstairs (Las pícaras doncellas, 1959)


This way, please

Los Barry (Richard y Kate, pareja interpretada por Michael Craig y Anne Heywood) son unos recién casados que no están dispuestos a dejar que la organización de la preciosa vivienda a la que se acaban de mudar en Londres les esclavice. Así pues, deciden contratar a una serie de sirvientes variopintos que, por unas u otras circunstancias, les harán vivir peripecias a cual más descacharrante. Esta producción de The Rank Organization, dirigida por Ralph Thomas en 1959, adapta fielmente la ingeniosa novela homónima de Ronald Scott Thorn (publicada por Pan Books, cuya colorida portada reproducimos en estas páginas) y ofrece una divertida visión de las vicisitudes de una pareja para encontrar al personal doméstico adecuado sin perecer en el intento.




Pero los Barry no están solos en su ardua tarea, sino que cuentan con la presencia de un suegro cascarrabias (encarnado, como no podía ser de otra forma, por el genial James Robertson Justice) que además es el jefe de su yerno, de un policía cockney (al que da vida el característico Sidney James, una especie de “Alfredo Landa a la inglesa”) que aprovecha sus rondas para mantener un romance con otra compañera del cuerpo, y de un joven músico norteamericano (Daniel Massey) que acaba haciendo de niñera de los futuros niños de la parejita.

La acción da comienzo en un idílico rincón del lago Maggiore, donde la pareja de tortolitos pasa su luna de miel. Lo que ambos ignoran es que, mientras tanto, se ha instalado en su hogar la italiana María (interpretada por Claudia Cardinale, en su primera película de habla inglesa) quien, aprovechando la ausencia de los propietarios, se cita con media flota de la marina británica. Esto da pie a la primera irrupción del policía del barrio, el citado Sidney James, en el domicilio de los Barry para pedirles explicaciones sobre las “actividades” que se estaban llevando a cabo en la vivienda. No será la única. Los sucesores en el puesto de la doncella italiana, si bien no reciben visitas de marineros en las dependencias de sus señores, tampoco le van a la zaga en picardía a la Cardinale.




En el caso de Rosemary (estupenda caracterización de Joan Hickson, la futura Miss Marple televisiva), se trata de una señora de mediana edad aparentemente cabal que, acompañada por un enorme perrazo de lanas, finge ir a visitar periódicamente a su hermana enferma para emborracharse en el pub más cercano. Todo va bien hasta que la buena de Rosemary debe servir la cena a unos invitados norteamericanos, ¡y en qué estado! Eso sin contar a Blodwen (Joan Sims), una peculiar galesa que, tras convencer al señor de la casa de que vaya a recogerla al pueblo donde reside, decide volverse atrás y rechazar la propuesta de trabajar en Londres a mitad del trayecto ferroviario (después de que Richard-Michael Craig se quede encerrado en un baño que solo se abre desde fuera).
Por su parte, los Farringdon, una pareja de ancianos jubilados que parecen ser la respuesta a las plegarias de los Barry, resultan ser en realidad unos atracadores que pretenden robar el banco vecino perforando la pared del sótano de la casa. Las cosas mejoran aparentemente al responder al anuncio Ingrid (interpretada con gran soltura por la francesa Mylène Demongeot), una rubia veinteañera escandinava que no tarda en hacer furor en el círculo de amigos de los Barry (principalmente entre los maridos “no comprendidos” por sus esposas). Para colmo, a Ingrid le hace tilín el señor Barry, aunque acepta la proposición de matrimonio que le brinda Wesley, el músico norteamericano. O eso cree este último…

“Upstairs and Downstairs (Arriba y abajo)”, pues tal es el título original de “Las pícaras doncellas”, es uno de los ejemplos representativos de la alta comedia británica de los años 50, una película de indudable atractivo que, gracias a sus diálogos chispeantes, a sus situaciones disparatadas, a la encantadora música de Philip Green y a los cálidos tonos Eastmancolor fotografiados por Ernest Steward, conquistará a quienes la visionen.

Betty Box, coproductora de la película, resume en las siguientes declaraciones el espíritu jovial que animaba aquellas maravillosas comedias:

Me gusta hacer reír a la gente. Creo que ya lloran lo suficiente en su vida diaria. Además, al hacer comedia, los resultados son más tangibles. Puedes escuchar las risas del público si has tenido éxito”.


Escenarios de la función

Upstairs and Downstairs se rodó en el Londres de 1959, que aparece retratado con todo su encanto en esta instantánea de la época. Los interiores de la película fueron recreados en los inevitables estudios Pinewood, situados en Iver Heath. 


Pembridge Villas by Ben Brooksbank



Humor a las 5 en punto

Habíamos decidido, sabiamente o no, proteger la tierna planta del juvenil matrimonio de las catástrofes de la cocina experimental, del aburrimiento de la escoba y de las agonías del fregadero y el escurridor”.
Upstairs and Downstairs, Ronald Scott Thorn, traducción de Ricardo José Gómez Tovar.

sábado, 28 de enero de 2017

Those magnificent men in their flying machines (Aquellos chalados en sus locos cacharros, 1965)


This way, please

1965 fue un gran año para las películas de carreras en los más originales medios de locomoción. Si la Warner Bros se encargó de producir con amplio derroche de recursos La carrera del siglo (The Great Race), legendaria cinta de Blake Edwards en la que Tony Curtis y Jack Lemmon competían en sus respectivos bólidos por trasladarse desde Nueva York hasta París, Aquellos chalados en sus locos cacharros, producida por la Twentieth Century Fox, hacía lo propio en el elemento aéreo, pero recorriendo una distancia lógicamente más corta, desde Londres hasta la capital gala.

Como rezaba el subtítulo de la película, Cómo volé de Londres a París en 25 horas y 11 minutos, la historia da comienzo en 1910 cuando Lord Rawnsley (encarnado por el impagable Robert Morley) decide patrocinar un insólito evento deportivo desde las páginas de su periódico, The Daily Post. El suculento premio que espera al ganador (10.000 libras esterlinas) agudiza la imaginación de los entusiastas de la aviación de todo el mundo, quienes acuden a participar en la carrera montados en monoplanos, biplanos, triplanos, aeroplanos que circulan hacia atrás y otros inclasificables aparatos voladores. Incluso hay un aviador (británico, claro está) que se empeña en emprender tan arriesgado vuelo acompañado por su perro.



Tal es el punto de partida de esta divertidísima película dirigida por Ken Annakin, y cuyos fotogramas en sistema Todd-AO ofrecen un desfile simultáneo de estrellas del firmamento cinematográfico internacional y singulares artilugios voladores. Abundan los clichés nacionales en la descripción de los diferentes participantes de la competición, así como el tono de caricatura con que son escenificadas las andanzas de los pioneros de la aviación. El equipo norteamericano lo preside Stuart Whitman (Orvil Newton), un campechano vaquero de Arizona por quien pronto se sentirá atraída la hija del patrocinador de la carrera, Patricia Rawnsley (encarnada por Sarah Miles, futura protagonista de La hija de Ryan), jovencita inconformista que monta en motocicleta a escondidas de su progenitor y anhela surcar el cielo en alguno de esos engendros volantes. A su vez, Patricia está prometida a Richard Hays (James Fox), flemático teniente de los Coldstream Guards (una especie de granaderos) que solo parece emocionarse cuando trabaja para mejorar el rendimiento de su cacharro volante y en cuyo tiempo libre apenas tiene cabida su aristocrática novia.

También hay un elegante conde italiano, Ponticelli, padre de familia numerosa, interpretado en su registro habitual por Alberto Sordi, y un casanova francés, Pierre Dubois (Jean-Pierre Cassel), que se va encontrando con la misma mujer a lo largo de toda la competición, solo que aquella ostenta cada vez un nombre distinto (Brigitte, Ingrid, Marlene, Françoise, Yvette y Betty, todas ellas interpretadas en tono descocado por Irina Demick). Peor parados quedan los competidores alemanes (encabezados por el característico Gert Fröbe, en el papel del coronel Manfred von Holstein), que con rígida disciplina prusiana se empeñan en aprender a volar siguiendo un manual. El toque exótico lo aporta el aviador japonés Yamamoto, que hace su aparición en un artilugio volante de color amarillo con figuras de fieros leones pintados en el fuselaje.


Foto: Nationaal Archief. Eric Koch/Anefo (copyright) 


Por supuesto, no podía faltar en la trama un villano empeñado en sabotear los vehículos de los demás integrantes de la carrera. De ello se encarga, con su proverbial carisma, el estupendo Terry Thomas, que da vida a Sir Percy Ware-Armitage secundado por su insolente mayordomo (Eric Sykes). En papeles secundarios destacan el británico Benny Hill como jefe de bomberos y, muy especialmente, el cómico estadounidense Red Skelton, que hace las veces de antecesor prehistórico de los modernos aeronautas en el prólogo de la película.
Los títulos de crédito a base de dibujos animados de Those magnificent men in their flying machines corrieron a cargo del genial Ronald Searle, lo que contribuyó a realzar el aspecto de cómic que asume el film. Asimismo, el guion original de Jack Davies fue objeto de una excelente novelización por parte de John Burke, editada en el Reino Unido por Pan Books.
El propio Annakin dirigiría una secuela titulada El rally de Montecarlo (Montecarlo or Bust) en 1969, que volvería a contar con los entrañables dibujos de Searle para la secuencia de los créditos. El protagonismo en esta ocasión recaería sobre Tony Curtis, que se apuntaba así a su segunda “carrera del siglo” de la década.


Escenarios de la función


Acantilados de Dover


Además de los interiores rodados en los estudios Pinewood, situados en Iver Heath, Buckinghamshire, en la película aparecen varios lugares del condado de Kent, como es el caso de Dover, así como la mansión histórica de Fulmer Hall (Slough), donde se recrearon los exteriores de la mansión de los Rawnsley.


Música a las 5 en punto

Extracto de la pegadiza banda sonora original de Aquellos chalados en sus locos cacharros, compuesta por Ron Goodwin.









domingo, 15 de enero de 2017

The Grass is Greener (Página en blanco, 1960)

This way, please




¿Qué puede haber más gozoso, cinematográficamente hablando, que reunir a Cary Grant, Deborah Kerr, Robert Mitchum y Jean Simmons en una mansión histórica inglesa y dejar que un enredo con triángulo incluido nos vaya describiendo en deliciosos fotogramas una de las mejores comedias del cine británico? Si además dirige la función Stanley Donen, el mago de los gloriosos musicales de la Metro, el entretenimiento está asegurado. Esta producción de Grandon Films, distribuida por Universal International y Rank Films, toma como base la magnífica obra de teatro de Hugh y Margaret Williams (que, a su vez, fue novelizada por el escritor James Dillon White) y la convierte en celuloide chispeante repleto de frescas gotas de alta comedia. El lugar donde se desenvuelve la acción es una casa señorial del Reino Unido (parodiada en la canción que sigue a los títulos de crédito, The stately homes of England, compuesta por Noel Coward) abierta al público. Los dueños de la mansión, los condes de Rhyall, se ven obligados a aceptar visitas por el módico precio de media corona para poder mantener el extenso patrimonio familiar. Es la modernización de la aristocracia. Pero hay quien no se contenta con admirar las obras de arte y la arquitectura del edificio, sino que, con toda desfachatez, descuelga el cartel de “privado” que separa las dependencias de los propietarios. 
El autor de semejante tropelía es un norteamericano, Charles Delacro (espléndido Robert Mitchum), un millonario de incógnito que, cámara fotográfica al hombro y alentado por un súbito arrebato angloamericano, se lanza a explorar esa "hierba del vecino" que se le antoja más exuberante, como reza el título original de la película. No tardará en producirse un idilio entre Delacro (cuyo abuelo se llamaba en realidad Delacroix, pero lo acortó al constatar que su sonido era “similar al de un pato”) y la romántica señora de la casa, Lady Hilary (Deborah Kerr), para disgusto del señor de la casa, Victor Rhyall (Cary Grant, en uno de sus mejores papeles). Mientras los hijos de la pareja están ausentes, la llegada de la primavera sorprende desprevenida a Hilary, quien después de estar en las nubes durante una semana, acude finalmente a Londres para encontrarse con Mitchum. A Victor-Cary Grant no le queda otra opción que mostrarse comprensivo y “moderno” (a pesar de que, según su mayordomo, está anticuado) y esperar a que su mujer recupere la sensatez. Para complicar más las cosas, entra en escena el cuarto personaje estelar, la coqueta Hattie (excelente Jean Simmons en un registro más frívolo al que nos tiene acostumbrados), una vieja amiga de la familia, adicta a los cócteles de ginebra con angostura o pink gin, que no tiene inconveniente en tirarle los tejos a Victor. Duelos a la antigua usanza, pesca sui generis en ríos trucheros, maletas viejas que cambian misteriosamente de contenido y un mayordomo sin inspiración literaria que le pide a su señor una bajada de sueldo son solo algunos de los ingredientes de una elegantísima comedia que no tiene desperdicio.


    

Escenarios de la función


Osterley Park House, London, England. Autor de la foto: Jim  (licensed under the Creative Commons)


Osterley Park House es el nombre de la imponente mansión que hace las veces de hogar de los condes de Rhyall en la película. Esta casa histórica de ladrillo rojo se encuentra en el actual distrito de Hounslow, en el área metropolitana de Londres, y ha servido como escenario para algunos episodios de las series televisivas El Santo y Los Persuasores, entre otras producciones.

Humor a las 5 en punto

El personaje de Sellars (brillante creación de Moray Watson, el primero, empezando por la izquierda, de los tres actores con gafas de pasta que aparecen en la imagen), el mayordomo de los Rhyall, un ex profesor que ha aceptado el trabajo doméstico para poder tener tiempo de escribir una novela en sus ratos libres, protagoniza algunos de los diálogos más desternillantes de la película, como el que se incluye a continuación:


Sellars: ¿Me llamaba, milord?

Cary Grant: Sí, Sellars, ¿ha visto mi Biblia por alguna parte?

Sellars: Vaya, cuánto lo siento, milord. La tengo yo. Estaba consultando algo.

Cary Grant: Primero me toma prestado el Times y ahora me birla la Biblia. ¡Viva la democracia!

Sellars: Lo siento mucho, milord. Se la volveré a dejar junto a la mesilla.

Cary Grant: No estaría de más que se comprara su propia Biblia, Sellars.

Sellars: La que usa usted es la mía, milord.